El sábado transitando por la calle Miguel Alemán, como muchos de ustedes me toco ser testigo, pero no participe, de la manifestación contra la celebración del Halloween. Un grupo de jóvenes, seguramente entusiastas de los evangelios, y tal vez de ocultar algunos pecados menores, invitaban a desistir en ese acto anual de tomar por un momento otras ropas, otras caras, otra personalidad y aventurarse a las calles siendo otros, y mostrándose desesperadamente con su verdadero rostro. Cosa que también sucede en algún en algún carnaval como los de Guaymas o Río de Janeiro. Sin embargo es en este rancho llamado Obregón donde los jóvenes recorren las calles siendo ellos más que nunca en la noche de Halloween.
Somos un pueblo de fiestas, de celebraciones, de ritos, y sin duda de un surrealista culto por el inframundo. Los traemos en la memoria genética. Es parte de nosotros sacrificar esto que somos, matarlo por una noche y ser el sacerdote que otorga una nueva identidad.
Que tiene un origen extranjero, muchos lo aseguran hasta la excomulgación, pero la fecha es tan cercana a nuestro Día de Muertos, que pudiéramos asegurar que se tratan de las mismas celebraciones, pero las fronteras, los idiomas y otros mecanismos de control mundial impiden que celebremos esto que al fin y al cabo es una festividad.
Los globalifóbicos la condenan por engrandecer el consumismo, los chovinistas por alentar el malinchismo, las personas de fe arraigada lo miran como una adoración a las fuerzas oscuras. Es irrisorio como son emitidos juicios sin reparo, habiendo situaciones que se merecen una condena infernalmente peor.
Recuerdo que en mi pueblito nos juntamos varios, hace más de 13 o 14 años y recorrimos entre sabanas y mascaras, de esas baratas que vendían en la Casa Kimoto, las calles polvorientas que nos recibieron entusiastas. Y si nos asustamos cuando pasamos por el baldío aquel donde alguien había sido asesinado, nos aventaron agua en más de una casa, y ante la sorpresa, y el no estar preparados, nos dieron frutas en vez de dulces. No pretendíamos adorar al demonio, solo queríamos divertirnos. Y lo hicimos.
Si bien es cierto, yo nunca eh puesto un altar, pero gustaría hacerlo, sin embargo asisto al panteón y prendo una vela o dos para mis difuntos, es grato ver a tanto chamaco alegrándose entre colores, al caer la tarde y recibiendo a la noche con ese miedo que se confunde con el respeto a lo desconocido, escapando un poco, a fin de cuentas, de la dantesca realidad a la que nos enfrentamos día a día.
Paco Espinoza
