El Momento Apocaliptico

El Momento Apocalíptico
Paco Espinoza

 

Este episodio dura algo así como 5 años, comienza en algún momento oscuro de la niñez, pues así debe ser para todos nuestro primer acercamiento a la muerte, esa que duele y nos condena a todos. Admito, pues, que el temor más antiguo en la primer memoria de mi primer infancia fue el miedo al fin del mundo; el bendito APOCALIPSIS. Temor que no podía ser contenido en la inocencia de un chamaco pueblerino de rodillas peladas, en quien terminaba desbordándose el pánico cegador y una congoja casi muda. Con mis escasos 6 años maldecía yo mis tiempos con un “Tenía que haber nacido en las fechas en que se acabaría el mundo”. De haber generado el callo del sarcasmo con precocidad no hubiera dudado en sumar la expresión “Que poca madre” para después proseguir indiferente con alguna actividad, pero el callo de la indiferencia tampoco lo tenía y por lo tanto, como digno masoquista, no hacia más que rascar la costra del miedo para disfrutar el escozor de la sangre que brota.

Hubo algunos escarceos entre el Apocalipsis y yo. Me lo encontraba con la forma del hongo atómico en las páginas de la revista DUDA que leía mi Apá. Me provocaban un sobresalto, no lo niego, pero eran representaciones, dibujos en sepia y tonos ocres que por lo general terminaban en la basura. Otras veces veía el programa 60 Minutos, donde un reportero de apellido bastante raro hablaba sobre cómo en el futuro, debido a la falta de agua y sequías, a todos nos iría mal. En aquellos años, bastaba con cambiarle a las caricaturas para olvidar lo que decía aquel reportero, y como nadie le hacia caso tiempo después se puso a hablar de extraterrestres.

En aquellas fechas nació mi segundo hermano y a la par de las revisiones médicas que debía cumplir mi Amá en visita a la ciudad, recuerdo mi acercamiento al cine de a de veras, nada que ver con esos de húngaros, que llegaban con sus carpas sucias, bancas rechinantes y acento raro. Dicen que esos húngaros eran buenos para adivinar el futuro; si tenían certeza del fin del mundo prefería no estar presente si se lo hacían saber a alguien. Por lo tanto mis visitas al cine de sillón blando, sonido Stereo Surround Sound System, y pantalla flotante se volvieron comunes. Entre comedias mexicanas y caricaturas americanas, de esos primeros encuentros con la penumbra de la gran sala, el más impresionante fue, gracias a la inconsciencia del boletero o de mi Amá y su ignorancia de las clasificaciones otorgados por el RTC, el estreno de la película Terminator, que colocó a cierto actor, despues gobernador californiano, entre los lideres de taquilla de los ochentas y noventas. Rumbo a la sala pasé de la colorida dulcería al gris pasillo de áspero tapizado, preámbulo de la negrura ensordecedora donde la pantalla se iluminaba por distantes manchas de luz. Un ruido mecánico invitaba a la sordera y al desconcierto, era generado por un descomunal tanque militar que avanzaba lentamente sobre una alfombra de cráneos humanos. Se abría la toma y una ciudad en ruinas era bañada por cenizas de un definitivo holocausto nuclear. Aparecen letras y números sobre la imagen: YEAR 2015. No podía descifrar la palabra “YEAR” y un segundo después apareció el subtítulo amarillo que tradujo mi duda. AÑO 2015. Valió madres. En aquella noche artificial mis ojos se abrieron desmesurados. Me invadió el terror. En 30 años así estaría el mundo. El fin estaba cerca, y decir  “me dio mucho miedo saberlo” es poca cosa, yo creo que el adverbio de cantidad “chingo” era más apropiado, pues efectivamente me había dado pero si un chingo de miedo saberlo.

La idea quedó tatuada en mi mente; cerrar los ojos hasta entumir los parpados no servia de nada; ver el polvo surcar las calles de mi pueblo evocaba aquella frase de “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”. Todo era fatalidad.

En la escuela primaria rural federal a la que asistía, nombrada en honor a cierto personaje histórico traicionado por sus aliados en La Decena Trágica, esperaba que la educación y el combate a la ignorancia me diera algún consuelo, pero también traicionado me encontré con la táctica pedagógica del maestro D. que en sus clases nos hablaba de cómo en el universo nuestro planeta era solo una piedrita, igual a esa que recogía de la tierra para que terminara entre sus protuberantes dedos. Comentaba sobre cometas que podían destruirnos y hoyos negros que absorbían la luz del sol para dejarnos en el frío de la muerte. Cuando platicó entre sus desvaríos catastróficos de cómo la planta de fertilizantes a las afueras del pueblo podría igualarse al incidente en Chernóbil, ya se me habían acabado las excusas para salir del salón de clases y correr a esconderme a esos bunkers que nuestra imaginación abre en la soledad y nos protegen de toda amenaza.

En mi casa, no me iba mejor. Al contrario, fue allí donde pasé los peores momentos. Cuando los domingos por la mañana tocaban la puerta y no esperábamos visitas, pobre de nosotros si abríamos de buenas a primeras para encontrarnos con los siempre bien vestidos Hermanos, Aleluyas o testigos de Jehová, cargando ese maletincito lleno de publicidad y el acento condescendiente que tenían para con nosotros, los herejes e infieles. Tantas veces fui yo quien abrió y mudo del terror escuchaba del Apocalipsis y la salvación en La Biblia que ellos traían. Cuando me quedaba solo en casa prefería no abrir, quien tocara me daba igual. Rato después de seguro encontraba una edición de su revista “Atalaya”, metida por debajo de la puerta, con una portada mostrando un siniestro acompañado de la pregunta ¿Estamos en el final de los tiempos? Acertadamente usaban una tipografía que no pasaba desapercibida. Por si no fuera suficiente mi bisabuela materna profesaba tal religión. Un punto a mi favor era que ella vivía en la sierra, a varias horas de distancia. Y no me mal entiendan, la quería mucho. Siempre me recibía con los brazos abiertos y una gran sonrisa, yo le correspondía con un ¡NANA! Lleno de energía y la abrazaba con el todo el cariño que podía ofrecerle. Pero en la travesura furtiva de recorrer su viejo cuarto, lleno de texturas tan profundas como las arrugas en su cara, encontraba esos libros que eran “del culto”, y entre hojeadas me topé con imágenes de gentes de todos colores con cierta sonrisa, que de haber conocido la palabra en aquel momento la hubiera tachado de “Hipócrita”. En algunas páginas me encontraba tales rostros sonriendo acompañados de animales exóticos descansando en un edén concebido por acuarelas. Pero nunca pude escapar a las páginas tenebrosas, donde tales acuarelas daban paso a alguna técnica pictórica que aumentaba el realismo y anunciaba con esmero la calamidad que a la larga conlleva el pecado. Las imágenes sabían muy bien como transmitirme un miedo siempre creciente, había ríos de lava, casas ardiendo, gente sufriendo, una mujer pelirroja montada en una bestia de siete cabezas, adornada con alhajas, y hasta algo sexosa, admito que esto no me dio tanto miedo y cuando mucho tiempo después conocí el concepto de zoofilia, esta imagen merodeo mi mente. Y entre aquella galería del terror la peor imagen era de una mujer con el rostro descompuesto por un dolor tan grande; de seguro iba más allá de sentir su cuerpo a medio petrificar. “Se esta convirtiendo en sal… cuando se este acabando este mundo, y este pueblo arda, corre a los cerros y no mires para´tras por que te convertirás en sal” comentó mi abuela con voz despreocupada cierta vez que me encontró absorto en tal imagen. Después supe que aquella mujer coloreada era la esposa de alguien llamado Lot, y que escapaban de unas ciudades conocidas como Sodoma y Gomorra. Supongo mi abuela encontraba mucho parecido entre su pueblo y esas ciudades.

Por otro lado mi abuela paterna alivió en demasía la carga. Alguna vez, presa del nerviosismo salí corriendo a su casa buscando su regazo. Le conté de mis miedos y me reconfortó con esa voz maternal que de seguro también ahuyentó los temores en la infancia de mi padre, si es que la tuvo, uno piensa y casi puede asegurar que nuestros padres nunca fueron niños. “El fin del mundo les llega a los que se mueren, a esos se les acaba el mundo”, me decía. Con esta idea en la cabeza evité recorrer los angustiosos caminos que se dibujaban en mi imaginación al escuchar hablar del final de todos los tiempos.

Pero cuando de religión se trata, la amenaza apocalíptica rebasa el papel para esconderse en la tradición oral. Ah, cuantas veces escuche de aquellos tres días sin luz de sol, donde solo dará iluminación una vela bendita. La advertencia al margen era no abrir puertas ni ventanas, aunque escucháramos voces familiares, pues seria un engaño del diablo. Otro que nunca entendí fue sobre unas campanas que aparecerían en el cielo, nadie lo explicó, pero supongo flotarían, o algo así. Tampoco mencionaron si retumbaría con su canto metálico, pero hubo algunas noches donde encontré alguna constelación con forma de campana y por lo tanto lo mejor era dormir arropado de pies a cabeza. Abundaban las revelaciones de varias vírgenes, y unas cartas cadena que solían encontrarse en las bancas de las iglesias so pena de desatar grandes males si eran ignoradas. Yo seguía espantado por todas estas cosas, pero había cierto disfrute en el morbo, paraba oreja para escuchar tales historias sin perder detalle y veía hasta el final películas con títulos tan sugerentes y literales como aquel de “Cuando los mundos chocan” aunque esto hiciera crecer mi paranoia.

A mediados de 1991, ya con 11 años a cuestas, comencé a viajar a la ciudad para cursar la secundaria. Dejaba atrás la escuela rural para dirigirme a la mancha urbana que todo promete, pero pocas cosas son las que cumple. Y en medio de un clima bastante desenfadado el temor al fin del mundo fue suplantado por el temor a Los Cholos, pandilleros propios del periférico barrio carente de asfalto y atención. Dichos especimenes, desconocidos en mis tierras, mostraban tendencia a la violencia y el consumo de drogas, consumo  auspiciado por aquellos que fuimos amenazados de una “alfilerada” en caso de no cooperar. La preocupación, entonces, se ciñó a mi persona. Comencé a disfrutar un poco más la vida en el paso a la adolescencia. Hasta que el volumen de las noticias aumentó en los televisores y la guerra de Kuwait se perfilaba como la esperada antesala de una Tercer Guerra Mundial, y como dicen que la tercera es la vencida, en esta de seguro se acaba el mundo. Un onomatopéyico GLUP me hacia compañía al escuchar el aluvión de encabezados que hablaban de Oriente Medio, un tipo con nombre de Satan y apellido Hussein, y la sospecha del comunismo ruso que agonizaba durante ese período. El avance de los americanos progresaba sobre aquel desierto colmado de dunas, y revistas de místico amarillismo clamaban que en aquellas regiones se habían escrito varios pasajes de la Biblia, el conflicto bélico, añadían, estaba anunciado entre las páginas del libro de las revelaciones y el tal Hussein era el anticristo.

Tanta profecía e histeria me asaltaban con vejación. Las religiones en fanatismo chocaban como icebergs enloquecidos. Me sentía angustiado. Al parecer solo yo me preocupaba por algo tan grave y me rehusaba a platicar con alguien que de seguro tomaría mi fobia con motivo de burla. Entre las alternativas, las espirituales no me resultaban convincentes pues admito que nunca se me dio eso de rezar. Y cuando pensé ya no habría salvación, se me ocurrió la mejor idea de todas; tal solución, por lo menos en mi caso, nunca ha tenido como pretensión descalificar la fe ajena, pero hoy, tantos años después, lo admito sin vacilar y con orgullo; desde que me volví ateo dejé de preocuparme por tantas babosadas.

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